

A medida que nos vamos haciendo más mayores, nuestros recuerdos de la niñez afloran con más frecuencia a nuestra mente, quizás como premonición de que se van acabando nuestros días y queremos retener en el tiempo que nos queda, esos retazos de nuestra niñez y una forma de hacerlo posible, creo que es narrándolos y que otras personas más o menos allegadas sepan de nosotros, pues son temas tan íntimos que raras veces uno cuenta estos recuerdos guardados tanto en nuestra mente, como en nuestro corazón.
Mi padre, al igual que yo, era el quinto hijo; le antecedía un hermano llamado Pepin que murió a corta edad, motivo por el cual a mí me pusieron ese nombre. Fue un gran deportista, como él solía decir muchas veces, más por necesidad que por vocación. Cuando sus amigos podían disponer de una paga semanal por parte de sus padres, él argumentando su deportividad, se dedicaba a montar en bicicleta, por ejemplo. Solía ir de Málaga a Torremolinos, al Castillo del Ingles, en domingo sólo a bañarse, eludiendo con ello, la compañía de sus colegas. Gustaba también de la natación y del boxeo. En lo familiar, era hombre de recursos que no tenía más remedio que buscarse “las habichuelas” como fuera, para mantener a mi madre, ocho hermanos y algún sobrino/a ,que siempre “adoptaba” por tiempo indefinido.
Nuestra zona de juegos, era la azotea (el palomar como solía decir mi padre). Allí construíamos una casa o una fortaleza a base de una escalera, unas sillas, sabanas, lo que tuviéramos a mano. La azotea frontal del edificio, era nuestra. La que daba a la Marina, era de todos los vecinos, pero nosotros podíamos atrancar la puerta desde dentro y después saltar a mi casa por la ventana, de forma tal que era prácticamente nuestra.
Era original en mu
chos aspectos, como por ejemplo como Rey Mago; cada año, los regalos aparecían en los lugares más inverosímiles, quizás poniéndole más énfasis a ser encontrados, que al valor de los propios regalos. El más original fue lo que nosotros dimos por llamar “el coche gordo” (Petete era el del libro). Era una mezcla de triciclo, cuyas ruedas traseras ajustaban en un eje que al mismo tiempo contenía una especia de cajón, con su asiento forrado de plástico. El conductor, era mi hermano el mayor, Agustín, atrás sentados, mi hermano más pequeño, Jesús ( a quien llamábamos “Tuti”), sentado sobre mi regazo. Era la admiración de los jardines de San Sebastian, prácticamente el único lugar donde jugar con él, debido a sus grandes dimensiones y peso. Original también era que dicho juguete desaparecía al final del verano, para volver a reaparecer en los siguientes Reyes. Otro original regalo, donde tanto él como mi madre tuvieron participación en su construcción, fue una casa de muñecas, hecha de cristal, por lo que se podía ver perfectamente cada una de las cuatro habitaciones. Estaba al mínimo detalle, incluso con luz en sus lámparas, usando una pila. Creo que mis hermanas se sentían más que orgullosas ante sus amigas.
Recuerdo un incidente que ocurrió y que pudo ser trágico. Unos vecinos tenían una criada y el único hijo, se “encaprichó” de ella. Cuando se dieron cuenta de dicha relación, la pusieron de patita en la calle. Mi madre, desconociendo el motivo y necesitando una criada, la metió en casa, ajena a la relación que mantenían. Una noche, este chico ebrio como una cuba subió a buscar a su chica, golpeando la puerta de mi casa. Eran ya de madrugada, mi padre se levantó a ver que sucedía y se encontró con el espectáculo; éste incluso intentó agredir a mi padre nada menos que con una barra de hierro que encontró. En el forcejeo, la barra cayó al suelo y mi abuela, de 70 años, que se había levantado al escuchar el griterío, tomo la barra de hierro y la quitó de en medio, diciendo: “Ea, ni pa uno, ni pa otro”. Como recuerdo de tal incidente, al lado de la placa que había en la puerta del piso con el nombre de mi padre, había una hendidura producida por la barra de hierro, que afortunadamente mi padre pudo esquivar.
Este singular edificio, tiene en el 5º piso (donde vivíamos) lo que nosotros y todos los vecinos, llamábamos almacenillos, lo que hoy se conoce por trasteros. En el nuestro, y con la ayuda de mi primo Paco, que por aquel entonces vivía con nosotros, además de otro primo, mayor que todos nosotros, Martinín, arreglamos esta habitación, haciendo un falso techo, donde metimos todos los cachibaches propios de un trastero y “fundamos” un club: el “Music Hall”. De un fantástico cajón de buena madera, hicimos una especia de mueble que nada tenía que envidiar a otro comprado en tienda. Llegamos a formar un pequeño grupo musical, cuyos instrumentos eran de juguetes, pero para nosotros era más que suficiente.
Volviendo a la originalidad de mi padre. Mandó hacer unos anillos, en oro, uno con su nombre otro con el nombre de mi madre que se intercambiaron entre ellos cuando se casaron. Posteriormente a medida que íbamos naciendo, nos encargaba uno para cada uno de nosotros. Yo desde que tengo uso de razón lo llevo en mi dedo anular. Recuerdo que lo encargué al joyero de las Palmeras, Mayorga, posteriormente he tenido que encargar otros por perdidas. El que llevo desde hace años, más fuerte y consistente, es un muchísimas ocasiones ha sido motivo de atención por lo original y no precisamente por ostentoso.
Mi madre era de las que guardaba el dinero escondiéndolo en diferentes sitios como entre la ropa de cama, en el armario, entre las paginas de un libro, etc. En momentos difíciles, se ponía a buscar y siempre había algún billete de 100 pesetas que aparecía y se solucionaba el problema del momento.
(continuará.....)
José J. Rivera 15 de Marzo de 2.011

2 comentarios:
Querido Pepe,
Me ha encantado. Muchas gracias, infinitas gracias por escribir este recuerdo tan bonito y con tantos detalles.
Besos y abrazos de tu sobrino Agustín
Bonitas historias, lástima que las hayas dejado hace tiempo...
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