domingo, 3 de abril de 2011

RETAZOS DE MI NIÑEZ y II



Mi querida madre que tenía la salud muy delicada por ser asmática, sacaba fuerzas de donde fuera necesario para no perdernos ningún carnaval. Años tras años, nos preparaba y confeccionaba, a veces con la ayuda de una modista que venía a casa, Isabelita, era sorda pero hablaba por los codos. Había mucho trabajo por hacer para vestir a 6 hijos, amen de la época de Carnavales, cuando se celebraban en la Residencia Militar y posteriormente en el Centro de Hijos de Ceuta. Era muy ingeniosa y se las arreglaba con cualquier cosa.Ya de joven confeccionaba unas sombreros para señoras y chicas hechos de encajes que eran dignos de admiración. Era su forma de hacer entrar unas pesetas, “rubías” como solía decir, extra en casa.

Mi padre, estricto como si hubiera recibido instrucción militar (ni siquiera hizo la mili por ser hijo de viuda), nos ponía, sobre todo a los varones en fila al unísono, nos pedía mostrarle las manos: las palmas, después las uñas, peinado, y los zapatos; aquellos que no estuvieran bien limpios, había que darle lustre. Una vez pasada la revista, ya podíamos irnos a la calle. Había que temerle cuando por la mañana pedía una camisa limpia y esta no estaba planchada. Era de las pocas veces que mi padre gritaba en casa y debía de dar resultado pues la camisa era rápidamente planchada o sustituida por otra de su gusto. Tenía la facultad de que sólo con la mirada, ya sabíamos lo que quería decir.

Los varones teníamos turnos rotativos para algunos de los quehaceres domésticos: poner o quitar la mesa, sacar la basura, etc. Si había incumplimiento, la sanción era una semana más de servicio.

Ha había predilección por ninguno de nosotros. Curiosamente recuerdo que cuando había de postre uvas, u otra fruta similar hacía pequeños gajos y luego montoncitos completando el número de comensales; una vez terminado, preguntaba: ¿ cual creéis que tiene más ? Entonces señalábamos el que, a nuestro juicio tenía más y rectificaba quitando uvas y poniéndolas en otro. Finalmente, pedía a uno de nosotros volverse de espalda, entonces señalaba un montoncito y decía: ¿ este para quien es ? Tenía que decir el nombre y así quedaban todos adjudicados y listos para dar cuentas de ellos.

Solía decir a sus amistades cuando querían tomar unas copas antes del almuerzo, que él prefería comprarse una botella y tomarse sus vinitos en casa. Todos conocemos lo que ocurre en estos casos; una copa lleva a la segunda y esta a la tercera; total que cuando te das cuenta llevas más de tres copas en el cuerpo y además llegas tarde a casa.

Hace unos días que alguien me ha reencontrado a través de Internet y que desde hace tiempo está ausente de Ceuta, me decía que cada vez que veía esta casa de Trujillo, se acordaba de la familia Rivera. Según esta amiga, dice haber estado en mi casa, junto con un hermano suyo, pues éramos compañeros de Colegio y recuerda unas literas que teníamos en casa. Efectivamente, mi padre que siempre fue un hombre de recursos “ideó” un sistema de literas, abatibles que quedaban, una vez alzadas, cerradas por puertas de 4 hojas abatibles, dejando durante el día suficiente espacio en los dormitorios. Al no existir tal tipo de camas, tuvo que encargarlas a un carpintero; dieron muy buen resultado a decir verdad.

Debo confesar con cierto rubor, que mi madre tenía preferencia por mí: solía llamarme “rubio” (y es que era el único rubio de todos nosotros),yo era el bueno, el que estaba siempre predispuesto a hacer cualquier encargo, iba a la plaza y hacía la compra casi a diario, era el manitas. Si se estropeaba la plancha, cuando entonces tenía unas placas creo que era de amianto, yo la arreglaba. Los plomillos de la casa cuando se fundían, los reemplaza yo, subiéndome primero a la mesa de la cocina y después a una banqueta o silla. Desde pequeño he observado a las personas trabajando en sus diferentes profesiones, tratando de no molestar, ni preguntar constantemente, así por ejemplo, si venía un fontanero a casa, no le apartaba la vista, de esa guisa me he formado en estos menesteres, llegando a ser lo que hoy llaman un manitas. Le cogía jazmines aún sin abrir y con una aguja e hilo, lo ensartaba uno a uno, de forma que cuando se abrían, era un perfecto collar, o bien los ensartaba en un imperdible y ella lo lucía toda orgullosa prendido en su pecho.

El ser muchos hermanos tiene sus ventajas e inconvenientes: Una breve descripción de cada uno de ellos, empezando por orden cronológico: La primogénita, Maria del Rosario, siempre la llamamos “Charin”, nacida en el solsticio de verano y por ende, alegre como las fogatas de San Juan, donde las hadas y demás deidades de la naturaleza, influyeron en su personalidad como bonachona e inocente. Maria Victoria, Mariví para nosotros, la intelectual, devoraba los libros, magnifica narradora; nos contaba las cuentos o novelas que leía con tal maestría que nos quedábamos extasiados. Un año, por carnaval, mi madre la vistió de Eugenia de Montijo, confeccionando el complicado traje que era de papel (arrugado), incluso la pamela. La tercera, Maria de la Luz, tenía dotes de mando y las dos mayores hacía lo que ella decía, extrovertida. Las tres fueron al Colegio de las Monjas y posteriormente al Instituto. Ya siendo adolescentes frecuentaban la Plaza del Tte. Reinoso como lugar de juegos, donde formaban parte de la pandilla de los Velazquez y otros. Agustín, el cuarto, por ser el primer varón, le pusieron de nombre como mi padre; de pelo negro,es de los que quieren abarcar mucho, poco ordenado y gustaba del liderazgo. José Javier (no hay quinto malo), rubio, tímido, me ruborizaba por nada, ordenado. Ambos estudiamos en Los Agustinos. Jesús Miguel, a quienes llamamos “Tuti”, el benjamín, debido al accidente de bicicleta que sufrió, dejó los estudios y como quiera que ya tenían mis padres un pié en la península, estudio peluquería en una academia ya en Málaga. Mis padres nos “emparejaron” los varones con las hembras, según nuestro carácter. Si nos numeráramos del 1 al 6, esta sería la ecuación: 1>6, 2>4 y 3>5 Y así permaneceremos hasta nuestros días. Las dos pequeñas, 7 y 8, se emparejaron tácitamente entre ellas.

Tras una pausa de 5 años, llegó María de las Nieves, Africa, la coreana, tenía la cara de una “chinita”, morena, salió su foto en el Faro en un concurso de niños, desnudita con un gran collar de bolas plateadas alrededor de su cuello. Y por último Alicia, la benjamina, muy graciosa, extrovertida y espontánea, algo molesta porque dicen la llamaban “el último mono”. En una fiesta en el C. Hijos de Ceuta, con apenas unos añitos, se fue a la orquesta y pidió que quería cantar; le dijeron que sí, ¿que vas a cantar? “Voy a cantar Maruzella, de Renato Carossone, en francés” La gente quedo boquiabierta y sorprendida, naturalmente no sabía francés. Con los años, las dos últimas fueron modelos de pasarela, trabajando en Barcelona.

Dado que mis hermanas eran mayores, nosotros los chicos disfrutábamos de los privilegios (si los había) de jugar con chicas más mayores. Recuerdo que había unas hermanas de la familia Romea, que una de ellas se llamaba María Amor (de haber tenido una hija, le hubiera puesto este nombre tan bonito), con las que jugábamos al escondite en la habitación más espaciosa de mi casa, ventanales cerrados, todo a oscura.....ya se pueden imaginar. Otras amigas eran de la familia Blasco,

O´Valle, familia Llansón; de esta última, Pepita, tristemente fallecida junto a su padre y otra hermana en accidente de coche nos compuso una pequeña poesía, que decía así:

La Familia Rivera”

Doña Charo ¡ que simpática !

Don Agustín ¡ que gracioso !

Charito” muy resalada

Mari-Vi buena y tranquila

Y Mari Luz muy valiente

Y dispuesta para todo.

Agustín muy formalito

Pepe y Tuti ¡ que hombrecitos !

Mari-Nieves y Alicita

Aprendices de querubín

Y Paquito y Martinin

Dos gamberros de postín

Otras veces hacíamos teatro, disfrazándonos con cualquier ropa de mi madre o bien guerrillas con las gomillas elásticas que si daban en la cara, nos dejaba señal para un par de días. El día de San Agustín era muy celebrado, no así el día del Rosario (¿?) Los regalos que mi padre solicitaba eran trabajos escolares, manualidades o cosas similares; por otro lado tampoco disponíamos de dinero para comprarle algo. El Día del Padre y el de la Madre, no eran celebrado como hoy día, entre otras cosas porque no existía aún el Corte Inglés.

Las gamberradas en el edificio no eran muchas, pues al ser prácticamente los únicos niños que allí vivían, no podían señalar a nadie más. Centro de nuestras bromas era Jesús Zapico (q.e.p.d.), o cambiar los cubos de basura de un piso a otro, hacer enfadar a la portera (Lola, cuya única hija era casi ciega) o hacer corretear los gatos que deambulaban en busca de la basura. En la 1ª planta que estaba ocupado por oficinas tales como: Pepe Remigio, Club de Futbol, Peluquería de Caballeros, Modas Lita, la propia portera, tenía su vivienda allí,etc. se podía dar la vuelta rodeando todo el edificio desde el interior, rincones y escondites para delirio de cualquier niño.

En el periodo estival, hacíamos la vida en la calle Falange Española, 42, donde mi padre tenía una Gestoria, que además disponía de vivienda. Estábamos a la mano de todo, mientras que en la casa de Trujillo, si no faltaba agua, el ascensor no funcionaba, etc. de esta manera estábamos todo el día allí y por la noche nos íbamos a casa. Justo al lado había un patio; desde una de las ventanas y desde la azotea se veía y se oía aún más a los vecinos. La azotea no le dábamos ningún uso, salvo que mi padre, enamorado de las plantas, la tenía llena de geranios, gitanillas, claveles, todas en recipientes de latas o de pequeños cajones de madera; el barro brillaba por su ausencia. Disponíamos de un pequeño patio interior, que era cubierto por un gran esparraguera que crecía de un diminuto arriate, donde además se daban muy bien las pilistras (ó aspidristas). No había baño; en el mismo patio había un pequeño cubículo donde había un water, con techo de uralita y su correspondiente puerta. Esta era nuestra casa de verano y ya podíamos darnos por satisfecho. Teníamos las terrazas de verano cerca (en realidad todo está cerca en Ceuta) donde íbamos con cierta frecuencia y de allí directamente a la calle Real, núm. 1, donde pasadas las 12 de la noche, cerraban el portal y había que llamar al sereno dando unas palmadas; el hombre aparecía lleno de llaves y amablemente nos abría la pesada puerta de hierro.

Eran tiempos tan diferente a los actuales, que el sonido por aquel entonces de una campanilla o el toque de la bocina de un coche prolongado, nos hacía saltar a nuestro particular mirador, que no era más que el ventanal de nuestra torreta, desde donde divisábamos todo el paseo de las Palmeras, Puente Almina, puerto, etc. Esos sonidos que acabo de citar, no eran otros que el de una ambulancia o coche particular, llevando algún herido a la entonces Casa de Socorro del Paseo de las Palmeras. Así mismo divisábamos desde lejos los cortejos fúnebres que terminaban en el Puente Almina, comparando el número de asistentes con otros, a fin de dilucidar la categoría social del difunto.

José Javier Rivera







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